Adiós, muchachos; adiós, alumnos míos Arístides Mínguez · · · · · La clase queda vacía. Abro las ventanas para que se disipe el olor a humanidad. Huele a tigre en celo, como diría mi padre, que también se curtió por más de cuarenta años en escuelas públicas. Es lo que tiene trabajar en salas abarrotadas de seres humanos que oscilan entre la pubertad y adolescencia, con la revolución hormonal y psicológica que conlleva. En breve, tras el recreo, entran los de cuarto. Mi pesadilla: son treinta y seis. No me caben. Tenemos que colocarlos en grupos de tres para que compartan dos mesas. Es un colectivo endiablado: cinco son repetidores, tres han pasado con todas las asignaturas pendientes de tercero de la ESO por imperativo legal. A bastantes les importa un bledo sacarse el curso: vienen aquí porque se lo pasan mejor que en la calle, tienen a sus colegas y flirtean con las mozas o mozos de su edad, pero estudiar…, que estudien otros. Total, para acabar en el paro o arrancando a...